09/09/2026 No importa solo cuánto comprás, sino cuánto aprovechás

Un estudio de la Dirección Nacional de Energía muestra que la electricidad representa alrededor del 43% de la energía que llega a los hogares uruguayos, pero aporta cerca del 74% de la energía aprovechable. ¿Cómo se explica una diferencia tan grande? La respuesta está, en buena medida, en cuánto logra hacer rendir cada tecnología de la energía que consume.

Foto donde se ve un plantio de zapallos cabutiá y de fondo la pared de una casa con un equipo de aire acondicionado

¿Cuánta de la energía que consumimos realmente aprovechamos?

El Balance de Energía Útil del sector Residencial 2023, elaborado por la Dirección Nacional de Energía (DNE) del Ministerio de Industria, Energía y Minería (MIEM), analiza cómo los hogares uruguayos utilizan distintas fuentes de energía y, especialmente, cuánta de esa energía termina siendo aprovechada.

Porque, aunque no siempre sea evidente, compramos energía de distintas maneras. Lo hacemos cuando compramos leña para una estufa, pedimos una garrafa de supergás o, simplemente, cuando consumimos electricidad y luego la pagamos en nuestra factura.

Pero lo que realmente nos interesa no son la electricidad, el gas o la leña por si mismas, sino como fuente de energía. Queremos calefaccionar nuestra casa, cocinar, calentar agua, conservar alimentos, entre otras cosas.

Este estudio nos muestra que: la cantidad de energía que compramos no necesariamente coincide con la cantidad que finalmente aprovechamos. La energía que puede necesitar un equipo para lograr cierto resultado puede ser mucho mayor a la que otro necesita para allegar a lo mismo. Ese rendimiento es el que nos permite evaluar la eficiencia de cada equipo.

Para entender este fenómeno podemos pensar en algo mucho más cotidiano, como una visita a la feria.
Imaginemos que una receta necesita un kilo de zapallo limpio. Si compramos exactamente un kilo en la feria, seguramente no alcance. Después de quitar la cáscara y las semillas tendremos menos zapallo disponible para cocinar.

Con otros alimentos la diferencia puede ser menor. Si compramos papas, manzanas o frutillas, la proporción que finalmente aprovecharemos será diferente en todos los casos. Un kilo no siempre es un kilo.

Por eso, si necesitamos una cantidad determinada para una receta, no alcanza con preguntarnos cuánto cuesta el kilo. También necesitamos saber cuánto tendremos que comprar para obtener la cantidad que realmente vamos a utilizar. En este punto es que entra en juego el rendimiento de nuestra hortaliza, o lo que es igual, el de nuestro equipo en el hogar.

Con la energía ocurre algo parecido: según la tecnología que utilicemos, podemos aprovechar una mayor o menor parte de la energía que consumimos.

El estudio de la DNE distingue precisamente entre la energía que llega a los hogares y aquella que finalmente se transforma en el servicio energético que necesitamos. La relación entre ambas determina lo que conocemos como rendimiento.

No es la electricidad, el gas o la leña por sí mismos lo que determina cuánto aprovechamos, sino los equipos que decidimos utilizar para las diferentes necesidades de nuestro hogar. Las estufas, los hornos, los aires, las heladeras, las calderas, los termotanques, entre otros, son todos equipos que pueden emplear distintas fuentes de energía y tener diferentes desempeños de rendimiento según la tecnología con la que cuenten.

Gráfica comparativa calefacción

La tecnología es fundamental.

Cuando hablamos de eficiencia, estamos midiendo qué tan bien un equipo utiliza la energía que recibe para transformarla en el resultado que buscamos. En otras palabras: qué porcentaje de la energía que recibe es capaz de convertir finalmente en calor, frío, luz o movimiento. En muchos usos, las tecnologías eléctricas han alcanzado una gran capacidad para aprovechar cada unidad de energía que reciben.

Los datos de la DNE permiten verlo.

En cocción, por ejemplo, las tecnologías eléctricas utilizadas en los hogares presentan en conjunto un rendimiento cercano al 72%, frente a aproximadamente 52% para el supergás y 19% para la leña.

 

Pero el resultado cambia según el uso. En calentamiento de agua, por ejemplo, el gas natural presenta un rendimiento cercano al 91%, mientras que la electricidad y el supergás se ubican cerca del 80%.

No existe una fuente de energía que sea más eficiente por si misma. La fuente importa, pero la tecnología que utilizamos para aprovecharla también.

¿Y si después de pelarla tuviéramos más?

La calefacción es un buen ejemplo de este fenómeno contraintuitivo. Además, no se trata de un uso menor: representa cerca del 44% de la energía consumida en los hogares uruguayos, según el estudio de la DNE.

Para entender lo que ocurre con algunas tecnologías utilizadas para calefaccionar, tenemos que llevar nuestra comparación con la feria a un terreno imposible.

Imaginemos que compramos un ananá de medio kilo.

Lo pelamos, retiramos la corona, la cáscara y las partes que no vamos a consumir. Pero ocurre algo extraordinario: en lugar de quedarnos con menos, terminamos con un kilo y medio de fruta lista para comer.

Eso con un ananá es imposible, pero con una bomba de calor sí puede ocurrir.

Una bomba de calor puede entregar aproximadamente tres unidades de energía en forma de calor por cada unidad de energía eléctrica que consume. Es decir, puede alcanzar rendimientos cercanos al 300%.

Esto no significa que genere energía de la nada. La explicación está en cómo funciona: utiliza la electricidad para captar energía térmica disponible en el ambiente y trasladarla al interior del hogar. Por eso, la electricidad consumida es solo una parte de toda la energía que finalmente recibimos en forma de calor.

El resultado se observa también en los hogares uruguayos. El estudio de la DNE encuentra que el rendimiento promedio de la electricidad destinada a calefacción supera el 260%, impulsado por el uso de tecnologías como las bombas de calor presentes en los equipos de aire acondicionado.

Hasta ahora hablamos de cuánto aprovechamos. Pero cuando hacemos una compra aparece inevitablemente otra pregunta: ¿cuánto nos cuesta obtener lo que realmente necesitamos?

Volvamos al zapallo.

Supongamos que cuesta $50 el kilo, pero para nuestra receta necesitamos un kilo ya limpio. Si para conseguirlo tenemos que comprar dos kilos, lo que importa ya no es el costo del kilo pesado en la feria, sino los $100 que cuesta el kilo aprovechable.

Con la energía debemos razonar de la misma manera.

El precio de cada unidad de electricidad, gas, supergás o leña importa. Pero ese precio, por sí solo, no nos dice cuánto costará calefaccionar una habitación, cocinar un alimento o calentar determinada cantidad de agua.

También necesitamos saber cuánta energía deberá consumir cada tecnología para brindarnos el mismo resultado.

Por eso, para comparar costos, hay que comparar cuánto cuesta obtener el mismo resultado.

Una tecnología de mayor rendimiento necesita comprar menos energía para brindar determinada prestación. Y cuando las diferencias de eficiencia son tan grandes como las que pueden alcanzar algunas tecnologías eléctricas, esa menor cantidad de energía necesaria pasa a tener un peso fundamental en el costo final.

No alcanza, entonces, con comparar cuánto cuesta una unidad de cada energético. Si lo que necesitamos es calor, la pregunta verdaderamente útil es otra: ¿cuánto nos cuesta obtener ese calor?

En este punto, el dato inicial tiene mucho más sentido: la electricidad representa aproximadamente el 43% de la energía que llega a los hogares uruguayos, pero aporta cerca del 74% de la energía útil que finalmente obtienen.

La diferencia ya no resulta tan sorprendente.

No es que la electricidad sea, por sí sola, más eficiente que otras fuentes. Son las tecnologías y los equipos que funcionan con electricidad los que han alcanzado una mayor capacidad para aprovechar la energía y transformarla en resultados.

Entre las categorías de calefacción, calentamiento de agua y cocción, se concentra más del 80% de las necesidades energéticas de los hogares. Elegir tecnologías eficientes para esos usos puede representar una diferencia considerable tanto en la cantidad de energía necesaria como en el costo de obtener el mismo confort.

En Uruguay se suma además otra ventaja: la electricidad proviene de una matriz de generación mayoritariamente renovable. Esto permite que tecnologías eléctricas de alta eficiencia combinen confort, seguridad, un bajo impacto ambiental y una importante conveniencia económica.

Porque cuando se trata de energía, no importa solamente cuánto cuesta lo que compramos. Importa cuánto necesitamos comprar para obtener lo que realmente queremos.

Tabla de rendimiento de utilización por fuente y uso (%)
Uso Gas Natural Super Gas Fuel Oil Queroseno Leña Carbón Vegetal Nafta Residuos de Biomasa Electricidad Total
Iluminación   3,7%             24% 24%
Cocción 48,9% 51,6%   40% 18,9% 10,5%   33,6% 71,8% 46,9%
Calentamiento de Agua 91% 81,5%     22%       83,1% 82,5%
Calefacción     80,9% 51,5% 26,1% 33,7%   43,7% 262,3% 47,5%
Conservación de Alimentos   45%             313,3% 313,2%

 

¿Estás pensando en cambiar la forma de calefaccionar tu hogar?

Antes de elegir, compará no solamente el precio de cada fuente de energía, sino también cuánto cuesta obtener con cada tecnología el mismo nivel de confort.

Las bombas de calor y los equipos de aire acondicionado permiten aprovechar la energía térmica disponible en el ambiente y alcanzar altos niveles de eficiencia. Combinados con las opciones tarifarias de UTE, como el Plan Inteligente, pueden ayudar a reducir el costo de calefacción.

Si se trata de un sistema de calefacción central para un edificio, UTE cuenta además con Confort Central, que ofrece beneficios específicos para instalaciones con bombas de calor.

Antes de elegir cómo calefaccionar, vale la pena mirar más allá del precio de la energía: comparar cuánto necesitamos consumir y cuánto nos cuesta obtener, con cada tecnología, el mismo nivel de confort, puede llevarnos a una nueva respuesta al momento de tomar decisiones.